El horror de Dunwich, de H.P. Lovecraft

Resulta curioso que tras tantos años esta sea la primera obra de H.P. Lovecraft que reseñamos. Sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de artículos que hemos escrito en torno al escritor de Providence.

Hemos repasado en una serie de artículos los escritores que formaron el llamado ‘Círculo de Lovecraft’ e incluso hemos reseñado el libro de alguno de ellos; hablamos de su faceta como ‘ghostwriter’ (lo que en España llamamos “negro” literario) nada menos que del famoso ilusionista y escapista Harry Houdini; e incluso hemos hablado del juego de rol basado en su universo, ‘La Llamada de Cthulhu’. Pero nunca nos habíamos acercado a uno de sus relatos. Hoy enmendamos dicho error y reseñamos uno de los relatos clave de sus Mitos, ‘El Horror de Dunwich’, como siempre si destripar la obra demasiado para que podáis disfrutar de su lectura.

Habitualmente empezamos haciendo una breve semblanza del autor de la obra que vamos a reseñar, pero tratándose del conocidísimo escritor norteamericano H.P. Lovecraft, del que tanto hemos hablado y al que seguramente todos nuestros lectores conocen, nos saltaremos esa parte y entraremos de lleno en la reseña del relato.

‘El Horror de Dunwich’ es un relato escrito por Lovecraft en 1928 y publicado en marzo del año siguiente en la revista Weird Tales. Aunque es uno de los relatos más largos escritos por Lovecraft no deja de ser un relato corto, de entre 40 y 50 páginas según la edición que leáis.

Está considerada una de las obras principales de los Mitos de Cthulhu, y en ella recupera al personaje de Yog-Sothoth, siendo aquí es la primera vez que en la que se habla de él como un dios exterior. También es la primera vez que se menciona a otro de esos dioses, Shub-Niggurath.

‘El Horror de Dunwich’ está encuadrado en lo que se conoce como la tercera etapa del autor, que podríamos llamar de terror fantásticos, muy influida por los escritos de Arthur Machen (su otras dos etapas serían la primera, la etapa gótica, influida por la obra de Edgar Allan Poe, y la segunda etapa, la onírica, con influencia de los escritos de Lord Dunsany).

¿De qué nos habla ‘El Horror de Dunwich’?

El relato nos habla de unos terribles acontecimientos ocurridos en 1928 en el pueblo ficticio de Dunwich. Estos terribles hechos, que se mencionan desde el principio de la obra, serán el motor de la misma, ya que no se desvelan hasta su clímax final.

La acción comienza en una zona geográfica que el autor conoce muy bien, la zona central de Massachusetts, y en él mezcla localizaciones reales y ficticias.

Desde el principio Lovecraft nos dejará bien claro que Dunwich no es una zona ni normal ni recomendable para el viajero ocasional. Se trata de un pueblo que la gente evita, sin saber exactamente por qué, sobre todo después de la tragedia de 1928.

Es una zona apartada, antigua, malsana, que fue habitada por indios, con puntos geográficos siniestros que generan temor y rumores, como Sentinel Hill (la Colina del Centinela), y habitado por una población endogámica y aislada que se ha ido degradando con el paso de los siglos, hasta el punto de desarrollar todo tipo de taras físicas y mentales. Es entonces cuando se nos presenta a Wilbur Watheley y su familia, uno de los protagonistas de la historia y cuyas acciones serán el desencadenante de la tragedia.

Lovecraft, como era habitual en él, utiliza una estructura completamente atípica a la hora de desarrollar la historia, pero que está puesta al servicio de la trama.

Así, utilizando el recurso del narrador externo, omnisciente, que no es ninguno de los protagonistas pero que está vinculado a ellos y  tras conducirnos al apartado pueblo de Dunwich, dejarnos claro que es un sitio donde ocurre algo siniestro, y presentarnos a Wilbur Watheley y su extraña parentela, empieza una cuenta atrás avanzando año tras año mientras se acerca a la fecha en la que ocurrió esa tragedia que se nos ha adelantado desde el principio y de la que no sabremos su auténtica naturaleza y sus detalles hasta el final del relato. Con este recurso Lovecraft consigue crear una tensión que va in crescendo y conduce al lector casi en volandas a lo largo del todo el relato.

Justo cuando llegamos a un año antes de la fecha marcada por la tragedia,  Lovecraft cambia el foco de la narración, centrada hasta ahora en Wilbur Watheley, y nos introduce al otro gran protagonista de la historia, el Dr. Henry Armitage, erudito que a través del estudio del diario de Wilbur Watheley no solo será una figura clave en el desarrollo de los acontecimientos sino que además es quién desvelará al lector las claves para entender lo que ocurre.

Más adelante el foco narrativo volverá a cambiar, centrándose en los habitantes de Dunwich, mostrándonos lo que ocurre desde su punto de vista, por lo que saben del lugar, de la familia Watheley y por lo que vivirán en sus propias carnes. Finalmente los tres escenarios confluyen en la parte final de la historia, que termina con una explicación del cómo y el porqué de los hechos que acabamos de presenciar.

Para concluir, decir que este relato tienen un final atípico dentro de la producción del autor, más positivo de lo que es lo habitual en él, que suele hacer gala de su característico nihilismo y pesimismo cósmico, y que él podemos encontrar lo mejor de Lovecraft, con todas sus virtudes como narrador.

Cierto es que también podemos encontrar defectos, como su habitual falta de tratamiento de personajes, sus carencias a la hora de trabajar los diálogos. Pero cualquier lector curtido en su obra sabe que en sus escritos son más importantes los sucesos que narra que las personas que los viven, que no pasan de ser meros espectadores (o sufridores) de unos acontecimientos que en la mayoría de los casos ni siquiera alcanzan a comprender y sobre los que les es imposible influir, ya que quedan completamente fuera de la capacidad humana.

En resumen, un relato perfecto para que el lector nobel se adentre en el terror cósmico de Lovecraft, de fácil lectura, con un ritmo rápido que mantiene la centrada la atención del lector en todo momento, y con esa ambientación única que el escritor de Providence sabía dar a sus relatos.

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