DRÁCULA, DE BRAM STOKER

Drácula, de Bram Stoker, es una novela extraordinaria, un clásico de la literatura imprescindible (y, ojo, digo de la literatura en general, no solo del género de terror) y, curiosamente, no es raro encontrarse a aficionados al género de terror, e incluso al subgénero de los vampiros, que admiten no haberla leído.

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Bram Stoker

Drácula sufre el mismo mal que muchos otros clásicos, independientemente del género, como El Quijote, Los Tres Mosqueteros, Los Viajes de Gulliver, Viaje al Centro de la Tierra o El Extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde.
¿Y cuál es ese mal del que habla el Morlock?
Pues que, curiosamente, estas obras son víctimas de su propia fama.
Son tantas las veces que se las ha versionado o que han servido de inspiración para películas, telefilms, obras de teatro, cómics, e incluso otras novelas, que sería raro no encontrar una persona que no fuera capaz de contarnos su argumento, relatarnos pasajes completos e incluso nombrar a sus protagonistas. O al menos eso es lo que pensaría la mayoría. Porque lo cierto es que cuando una obra es tan popular, todo lo que la rodea, se convierte en un batiburrillo en que se mezcla todo, y muchos que realmente creen conocer la obra, lo que en realidad conocen es un montón de referencia tomadas de no sabe bien donde. Basta con hacer la prueba y preguntar a cualquiera de qué trata Los Viajes de Gulliver, por ejemplo. Sin duda hablará del encuentro con los diminutos liliputienses y, puede, con el país de los gigantes, curiosamente los dos viajes que suelen ser adaptados al cine y la televisión. Sin embargo pocos sabrán que Gulliver realiza otros 6 viajes a otros lugares igualmente exóticos, y casi nadie os hablará de la isla flotante de Laputa, de los inmortales struldbrugs o de caballos parlantes y nigromantes.
Con Drácula pasa algo similar, es una obra tan popular que todos creen conocerla, y ya que la conocen, ¿para qué leerla? ¿Qué pueden contarles que ya no sepan?
Y ese es un tremendo error. Por muchas películas sobre el conde transilvano que se hayan visto, por muchas novelas sobre vampiros que se hayan leído, leer Drácula por primera vez es toda una sorpresa. Porque Drácula  es mejor que cualquier película, porque Drácula es más terrorífica (o al menos tanto) que cualquier novela de vampiros, y porque Drácula no se parece en nada a esos otros “Dráculas” de más allá de la novela.

Y es que nadie ha conseguido aún trasladar a otro medio la compleja historia que se desarrolla en la novela.
Para empezar, la historia está narrada de un modo tremendamente original (más aún tratándose de una novela de 1897), ya que se hace en primera persona, a través de cartas, fragmentos de diarios, trascripciones de grabaciones fonográficas, artículos periodísticos e incluso documentación oficial, que nos narran los acontecimientos desde diferentes puntos de vista, en el que Bram Stoker se nos presenta como un mero recopilador de esos documentos.
Por encontrarle un equivalente actual, nos encontraríamos ante un antecedente del género cinematográfico del falso documental, tan de moda actualmente gracias a películas como La Bruja de Blair, Monstruoso, Borat o la saga de Paranormal Activity.

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Vlad Drăculea, el origen de todo.

Bram Stoker va saltando así de personaje en personaje, siguiendo el itinerario de horror del extraño Conde Drácula, desde su castillo en Transilvania hasta Londres, y de vuelta de nuevo a Transilvania.
Stoker, al mantenerse en una posición objetiva y dejar que sean los propios personajes los que narren sus experiencias, sus miedos y sus deducciones, crea una atmósfera de suspense y fascinación realmente asombrosas.
El único hándicap de la novela es que todos sabemos que Drácula es un vampiro, y por tanto no hay sorpresa posible cuando, aproximadamente mediada la novela, se nos revela su auténtica naturaleza. Sin embargo, acostumbrados a la imagen cinematográfica del personaje, ya sea el afectado aristócrata de Bela Lugosi, el seductor vampiro de Christopher Lee o el enamorado inmortal de Gary Oldman, el Drácula de la novela, el auténtico, se nos revela como un ser totalmente inhumano, terrorífico, inteligente, taimado, un depredador poderoso y terrible al que se enfrentan un grupo de simples mortales cuyas posibilidades de victoria se nos presentan como muy escasas, sino nulas, y a los que mueve, más que el heroísmo, la venganza, la amistad y la absoluta repulsión y odio que ese ser diabólico despierta en todos ellos.
Porque Drácula es un monstruo, un sicópata con poderes sobrenaturales que disfruta haciendo el mal, un ser venido de tiempos antiguos que escapa de las leyendas y supersticiones para recorrer el mundo “civilizado”, capaz de atrocidades tales que llevarán al borde de la locura a los protagonistas.

Y lo mejor de todo es que, pese a tratarse de una novela escrita hace la friolera de 117 años, su lenguaje es completamente actual, su narrativa es moderna, y el horror que lo impregna todo es atemporal.

Con Drácula estamos ante una obra excepcional que se merece que la conozcan por sí misma y no por versiones, adaptaciones y refritos.

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